El mal menor.

Como no nos gustan las disonancias cognitivas, tendemos a posicionarnos rápidamente en los extremos de las ideas.

Pensamiento binario.

Y para no tener que pensar mucho más, si alguien dice algo que no funciona exactamente cómo creemos, tendemos a ponerle directamente en el lado opuesto de la mesa. Es lo más cómodo (los matices no lo son) y no tengo dudas de que las circunstancias actuales potencian ese “pensamiento de interruptor” como nunca.

Sin embargo, creo que, como escribió Séneca, <<la verdad es mía>> (que es una cita corta pero que está llena de independencia, y que no quiere decir que uno siempre lleve razón sino que hay que buscar la verdad independiente de que nos guste más o menos).

En este sentido creo que también hay que buscar los matices (aunque eso sí: ¡sin acabar confundiendo, como les sucede a algunos, al invadido con el invasor!).

Así es que el discurso oficial puede destacar sólo lo obvio pero nadie debería acusarte de nada, ni señalarte con el dedo, por pretender pensar más allá del titular.

Sin embargo, me parece, cuesta hablar cada día más en una sociedad en la que la división es lo único en lo que las personas parecen ponerse de acuerdo.

Cuando me decido a hablar digo también muchas obviedades, como que las únicas bombas que necesitamos son las “bombas mentales” (parafraseando al fundador de Greenpeace).

Otras cosas son menos obvias y reclamo, por ejemplo y como exigía Ian McEwan en la columna del domingo en distintos medios de la prensa internacional, una “solución creativa” para la Guerra de Putin, que pasa, inevitablemente, por encontrar puntos de encuentro y promover concesiones.

La conjetura tan extendida de que haber valorado —o valorar ahora— un nuevo marco para Crimea y el Dombás, significa promover la expansión imperialista de Rusia para todo el este de Europa es “sólo” eso: una conjetura. Aunque no es precisamente del todo improbable.

Aún así, no haber cedido (al menos en parte) a las exigencias rusas de marcar un nuevo estatus en la zona este de Ucrania, reconocer Crimea y descartar la entrada de Ucrania en la OTAN, no parece lo más sensato y, nos guste o no, ha acabado por favorecer la misma dinámica que supuestamente se pretendía evitar.

La OTAN y Europa han actuado de un modo imprudente y frívolo en Ucrania, un país (nos guste o no) claramente dividido, con —hasta antes de la invasión— una gran masa de habitantes prorusos y, en general, con muchos más matices (de nuevo nos guste o no) de los que nuestros medios de comunicación, que actúan como hinchas de fútbol, reconocen.

Europa, que paga la guerra de Putin con el gas mientras alimenta también al ejército Ucraniano con un gran arsenal, no está dispuesta a luchar militarmente por Ucrania (Ucrania está sola, y Zelenski debería haberlo sabido desde el principio), tampoco a cortar el gas, ni a promover medidas audaces que puedan poner fin a la guerra.

En 2019, solo unos meses antes de la Pandemia, parecía que Zelenski apostaba por la vía diplomática, y se vieron en Paris Putin, Merkel, Macron y él. El presidente ucraniano (o ucranio, como dicen ahora), que arrasó en las elecciones de unos meses antes prometiendo la paz en el Este, acabó recordando en rueda de prensa que la unidad de Ucrania era intocable, que nunca cedería Crimea.

“Ucrania nunca será un estado federal”, dijo, ante la cara de circunstancias de Macron —-Merkel y Putin siempre tienen la misma.

Honestamente, creo que nadie pensó que el presidente ucranio defendería su discurso hasta este extremo.

Se supone que es algo que le honra. Yo no lo tengo tan claro. Desde un punto de vista pragmático, la realidad es que haber cedido en eso, que quizá no era tanto, atendiendo a la Historia y dadas las circunstancias, habría sido (¿aún sería?) un mal menor, y los héroes son, creo, los que eligen siempre el mal menor.

Lo contrario, desgraciadamente, ya lo estamos viendo.

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